06SEP

El balcón terapéutico


Sensaciones antes, durante y después del confinamiento



Mi piso da a un jardín. Bueno, en realidad da a un cruce entre una calle y una avenida de 3 carriles con amplio tráfico, que preceden a un jardín, con iglesia y centro de salud en su interior.

También, en el interior, un par de edificaciones -ahora en rehabilitación- buscan recuperar años mejores…durante años fueron ocupados por archivos.
Y antes fueron sede del Manicomio de Valencia.
Por algo se le llama el Parque de los locos.
Por algo he acabado viviendo cerca.

Durante el confinamiento, el pequeño balcón que da a ese cruce fue mi válvula de escape.

Todos los días veo a la misma chica de la contrata de limpieza recoger las hojas que el enorme árbol deja libres en el suelo.
Pasadas las 8 de la mañana, de lunes a viernes, la veo mover el enorme rastrillo de forma circular, haciendo exactamente 11 montones.
Siempre son 11 montones.
Día tras día hay hojas en el suelo.
El árbol sigue viviendo.
Y siempre hay 11 fugaces montones de hojas que, agrupadas, acaban en un bolsa negra.
Deja caer lo que no te sirva.
Piensa que el árbol, lo importante, sigue ahí.





Apenas son una pequeña fila de 4 o 5 metros, un puñado de ramas.
Pero el olor a jazmín es capaz de atravesar la calle, gracias a la humedad del incipiente amanecer.
Veo las flores blancas a lo lejos, salteadas con las ramas de un color verde intenso.
El resto del día no llega la fragancia.
La temperatura, la combustión del tráfico, lo tapa.
Aunque sea fugaz, siempre hay un momento agradable durante el día.


A la derecha, 3 furgonetas azules, aparcadas delante de un centro de diálisis.
A primera hora, descargan a las personas que van a terapia.
A última hora de la mañana, las recogen y las devuelven a sus domicilios.
Lo veo de lunes a sábado.
Es imposible no verse reflejado, reconozco a la diálisis como una de las complicaciones de la diabetes.
Un recordatorio diario.


Las 6 de la mañana.
Imposible dormir. Nervios, preocupaciones, ansiedad.
Ya no me sorprende la cantidad de personas que circulan por la calle a esa hora. ¿A qué hora se deben levantar?
Imagino que la mayoría camino del trabajo.
Imagino que más de una, camino del hospital que está al final de la kilométrica calle.
Siempre hay otras personas.

El jardín de los locos no tiene gatos.
Más bien es lugar de paseo de perros.
Pero tiene palomas. Muchas palomas. Sin gatos, no tienen depredadores.
Impunemente se apostan en los semáforos, las señales de tráfico y en las barandillas de los balcones.
Sorprendentemente una pareja ha anidado en lo alto de una farola, aprovechando el espacio en lo alto que forma un nido metálico, imagino que confortable y lejos de cualquier intruso.
Cada cierto tiempo, los ves volviendo con una pequeña rama que acomodan dentro.
Por más que lo he seguido, no conseguí divisar crías, ni siquiera huevos.
El trabajo se hace siempre, y se hace bien.

No es un sitio fácil para aparcar un coche en la calle.
Ese coche rojo de la vecina de enfrente ya lleva un par de vueltas.
A última hora de la tarde debería ser más sencillo.
Los edificios de oficinas cercanos ya deben estar vacíos, los comercios cerrados.
Casi al ralentí y mirando a izquierda/derecha vuelve a salir por la esquina de la plaza, cubriendo el último tramo por el que no había pasado, descubriendo el único espacio disponible.
Insistir y paciencia.


Desde mi balcón, puedo ver muchas cosas.
Desde dentro, las cosas son más sencillas.
Salir, lo hace todo más complicado.
Pero quedarse no es una opción.

06/09/2020






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